Fotografiamos los mapas físicos con buena luz, georreferenciamos imágenes y digitalizamos líneas sin borrar anotaciones originales. Cada decisión queda explicada en un registro público, para que cualquiera pueda reconstruir el proceso, corregir errores y aportar nuevas capas o descripciones sin dependencia técnica.
Antes de publicar, validamos permisos, niveles de detalle y licencias junto al colectivo. Algunas ubicaciones sensibles se generalizan o se ocultan. Lo que se comparte queda bajo condiciones claras, evitando extractivismos y dando garantías para uso educativo, comercial justo o resguardo patrimonial.
Además de visores web, producimos versiones impresas grandes, fichas portátiles para ferias y audios que narran rutas y cuidados. La accesibilidad no es solo formato, también lenguaje; por eso probamos con personas reales hasta que el mapa se sienta legible, útil y acogedor.
Con la comunidad identificamos amenazas como canteras invasivas, cercamientos o incendios. Se elaboran rutas de evacuación, zonas de amortiguamiento y protocolos para quemas seguras. Al actualizar periódicamente, el plan se convierte en herramienta cotidiana y negociadora frente a autoridades, empresarios y visitantes bien intencionados.
Con los puntos mapeados se diseñan recorridos guiados por artesanas, integrando demostraciones, compras justas y caminatas cortas. El circuito reparte beneficios, descongestiona sitios frágiles y celebra la diversidad estética, evitando folclorizar. Quien visita aprende a cuidar, comprar con criterio y contar la experiencia con respeto.
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